¿A quién le
gusta sentirse inseguro en la vida? La respuesta es indudablemente la
siguiente: a nadie. A nadie nos gusta sentirnos inseguros porque fuimos hechos
para ser felices y el temor nos roba la felicidad. Muchas veces sentimos temor
de perder nuestros bienes materiales, de perder nuestro trabajo, de perder a
nuestros seres queridos, de perder nuestra vida, y la manera como solucionamos
esos temores muchas veces no es la adecuada, porque ponemos nuestra seguridad
en cosas que nos pueden fallar y que muchas veces impiden que nos desarrollemos
plenamente como personas que somos. Si ponemos nuestra seguridad en el dinero o
en los demás bienes materiales que poseemos nos podemos volver personas avaras,
incapaces de amar. Si ponemos nuestra seguridad en las personas que nos rodean
nos volvemos dependientes de ellas y éstas nos pueden fallar. Si ponemos
nuestra seguridad en nosotros mismos caemos en el grave peligro de volvernos
personas egoístas y soberbias. ¿En qué pues nos es conveniente poner nuestra
seguridad? Nos es conveniente ponerla en lo único plenamente estable, en Aquél
que nos creó, nuestro Padre Dios. Él mismo nos lo pide a través de las Sagradas
Escrituras, quiere que pongamos en Él toda nuestra confianza. Nuestra actitud
debe ser la siguiente: “Padre mío, yo soy todo tuyo, y por tanto yo estoy
convencido de que nada puede sucederme sin que primero Tú lo hayas querido o
permitido, por tanto, que se haga Tu voluntad en mi vida, yo confío en Ti” Si
hacemos éste acto de manera habitual, renunciamos a poner nuestra confianza en
todo aquello que no sea nuestro Padre Dios, y
nos decidimos a poner toda nuestra confianza en Él, va a nacer en nuestro corazón una seguridad
imperturbable.
Diego Alberto Treviño Rodríguez
26 de agosto de 2012
26 de agosto de 2012

No hay comentarios.:
Publicar un comentario